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Charlas con nazis y un viaje a EE.UU. que no sucedió: la increíble historia del fantasma lingüístico de Stalin

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A nadie le gustaría estar en la capital del enemigo el día en el que empieza la peor tragedia humana en la historia de tu país. Eso fue lo que pasó al protagonista de esta crónica.
Charlas con nazis y un viaje a EE.UU. que no sucedió: la increíble historia del fantasma lingüístico de Stalin

"Allí, en Oriente, se libran sangrientas batallas, arden pueblos, mueren nuestros hombres, y nosotros aquí, bajo el sol cálido, en un bosque lleno de aromas herbáceos, paseamos con el hauptsturmführer de las SS". 

Al leer estas primeras líneas, pocos imaginarían que su autor fue uno de los pocos a quienes les tocó trabajar o, simplemente, tratar con los personajes del siglo XX que quedaron para siempre en la historia: Hitler, Stalin, Roosevelt o Churchill. El hombre que en junio de 1941 junto paseaba por los parques de Berlín con un oficial de las SS para matar el tiempo era Valentín Mijáilovich Berezhkov, el famoso intérprete, protagonista del anterior episodio de 'Huellas Rusas', que participó en las conversaciones entre el comisario soviético Viacheslav Mólotov y el dictador nazi Adolf Hitler en noviembre de 1940 en Berlín

En esta edición del podcast nos adentramos en otros rincones de la trayectoria de Berezhkov que, tras llegar muy alto, hasta los gabinetes de Stalin, acabó cayendo estrepitosamente en cuestión de días, aunque, eso sí, sin llegar a alcanzar los sótanos del todopoderoso NKVD.

Viaje cancelado 

Valentín Mijáilovich Berezhkov nació en Petrogrado en julio de 1916, en el último verano zarista en la historia rusa. Meses atrás, su padre pudo haber cambiado el rumbo de su historia familiar, cuando intentó convencer a su mujer para que se fuera con él en un ferry hasta EE.UU. a través del Atlántico. Ingeniero de profesión, el hombre tuvo un encargo gubernamental para comprar maquinaria en el extranjero, pero el temor que sentía la suegra ante los submarinos alemanes acabaron prevalecieron. "Si la abuela no hubiera sido tan testaruda, yo habría nacido en EE.UU. y podría haber sido el intérprete de Roosevelt, y no de Stalin", constata el traductor en su autobiografía, que vio la luz en los años noventa. 

La familia de Berezhkov pertenecía al estrato de los intelectuales, por lo que al sobrevivir los convulsos años de la Guerra Civil y mudarse a Kiev, siempre tuvo una especie de fricción con los bolcheviques. Tras estudiar en un instituto local, el joven se unió a las filas de la flota del Pacífico, pero solo unos meses después fue enviado a Alemania como ingeniero con conocimiento de dos lenguas extranjeras para la compra de armamento. Aquel viaje supuso un punto de inflexión en la carrera de Berezhkov, ya que allí conoció a Anastás Mikoyián, el insumergible comisario de industria alimentaria, que no solo sobrevivió a la era del terror de Stalin en las filas del Partido, sino que trabajó hasta la época de Leonid Brézhnev. Fue Mikoyán quien invitó a Berezhkov a trabajar en su comisariado, lo que supondría un salto para la carrera del hombre que pronto escaló hasta el cargo de primer secretario de la Embajada soviética en Berlín y de asesor de Viacheslav Mólotov, el jefe de la diplomacia soviética.

Preso de las circunstancias

A nadie le gustaría estar en la capital del enemigo el día en que empieza la peor tragedia humana en la historia de tu país. Eso fue lo que pasó a Valentín Mijáilovich Berezhkov, que seguía en la Embajada soviética en Berlín aquel 22 de junio de 1941, el día en que la maquinaria de guerra nazi invadió la URSS. En sus memorias, Berezhkov traza una línea muy clara, subrayando el sinfín de veces que llegaron a la mesa de Stalin reportes que alertaban de la inminente guerra, mientras que el vozhd persistía en su idea de que Hitler no atacaría la URSS sin resolver la cuestión británica. Por ello, y ciñéndose estrictamente a la letra del tratado, Moscú cumplía las disposiciones del pacto de no agresión firmado entre Berlín y Moscú en 1939. 

"Stalin se aseguró de que los suministros de materiales a Alemania se realizaran sin interrupciones. El último tren con petróleo, manganeso y cereales cruzó la frontera alemana una hora antes de la invasión. Los oficiales y soldados alemanes, camuflados y esperando el momento de la señal de ataque, al ver este tren de mercancías, se quedaron seguramente atónitos, sorprendidos por el desconocimiento de las autoridades soviéticas", estima Berezhkov en su autobiografía. 

Tampoco se redujo el número del personal que trabajaba para la Embajada soviética en Berlín, sino que, por el contrario, llegaba más gente, asegura el asistente de Mólotov.

Oficial nazi que ayudó

En cualquier caso, el 22 de junio los informes de agentes soviéticos que había descartado Iósif Vissariónovich se hicieron realidad, y la Embajada tuvo que pensar en la evacuación. Mientras, el perímetro de la sede diplomática fue acordonado por militares nazis encabezados por un hauptsturmführer de las SS de apellido Heineman, cuyo rol sería clave en los escasos contactos de los soviéticos con sus agentes antifascistas dentro de los círculos nazis. Y sí, eran agentes, pero no por una motivación económica, sino ideológica. Y no fueron pocos, sino muchos, como el oficial Harro Schulze-Boysen o el jurista Arvid Harnack quienes ayudaban a la URSS en aquellos tiempos, guiándose por sus propios ideales. Sí, al final, muchos cayeron y acabaron en fosas comunes tras ser fusilados, pero pagaron este precio sabiendo a lo que se arriesgaban. 

Persuadir al oficial de las SS. Esa era la táctica para poder salir del perímetro de la embajada y comunicarse con los agentes para poder entregarles un nuevo transmisor de radio. Afortunadamente, el teniente primero Heineman era comunicativo y no rehusaba el contacto. Es más, en las comidas de gala que se preparaban para tentarle, Heineman hablaba prácticamente sin tapujos sobre la guerra. Aseguraba que en los altos escalafones del Tercer Reich estaban preocupados por el nivel de resistencia de los soldados soviéticos que causaban considerables pérdidas a las tropas nazis. Eso, decía, Heineman llevó a algunos en la Cancillería del Reich a preguntarse si tenía sentido desatar esta guerra.

El oficial nazi tampoco mostraba discreción alguna cuando hablaba de su hijo, quien pronto debería terminar los cursos de oficial e ir al frente. Heineman incluso recurrió al enchufe de su hermano para intentar colocar a su hijo en una unidad de retaguardia. Berezhkov, a su vez, seguía entrando en contacto con su inesperado compañero con cierto grado de incredulidad.

Bebiendo una copa detrás de otra, Heineman se fue abriendo cada vez más al diplomático soviético, hasta que un día Berezhkov se decidió a llevar el plan a la siguiente etapa: ofreció dinero muy oportunamente a Heineman, que lo necesitaba para comprar el uniforme y el arma personal para su hijo. Tras vacilar un momento, el oficial nazi aceptó la suma, mientras Berezhkov intentaba convencerle de que no se trataba de algo inusual, pues, en cualquier caso, él no podría llevar sus ahorros a la URSS. Casi de inmediato Heineman preguntó si había algún modo de devolverle el favor a Berezhkov.

Como hombre experimentado, el futuro traductor de Stalin solo aceptó la propuesta tras una pausa. En esencia, lo que querían los soviéticos era que Heineman les sirviera de salvoconducto para poder llegar a un punto de encuentro acordado con los agentes en Berlín. Sin embargo, a Heineman le contaron que uno de los amigos de Berezhkov quería despedirse de su novia alemana, ya que, por lo visto, no podrían volver a verse. Por muy extraño que pareciera, Heineman se lo tragó. Para cerciorarse de que Heineman no les tendería una trampa, se decidió que el primer viaje sería de prueba, sin el transmisor oculto en la maleta con doble fondo.

Paseos por Berlín sin olor a la guerra

Cuando llegó la hora H, Heineman no estaba allí, lo que hizo saltar las alarmas. Sin embargo, la realidad resultó ser más banal: el alemán había tenido que quedarse más tiempo en casa para ayudar a su esposa enferma, cuya salud había empeorado abruptamente. Cuando finalmente subieron con él en el coche, la compañía emprendió su recorrido por las calles de la capital alemana.

"Las calles de Berlín causaban una extraña impresión. Estaba nublado, pero hacía calor y sequedad. Los escaparates brillaban como espejos, los transeúntes caminaban sin prisa, en las esquinas se vendían flores, las ancianas paseaban a sus perros... Como si nada hubiera cambiado. Y, al mismo tiempo, la conciencia de que la guerra llevaba ya varios días en pleno apogeo dejaba su huella en los paisajes aparentemente pacíficos de Berlín", apuntaba Berezhkov.

Pronto, el compañero de Berezhkov, Sasha, bajó del coche en un centro comercial y desapareció entre la multitud, mientras que Heineman y su 'amigo' se pusieron a matar el tiempo en las calles y parques de Berlín, sin olvidar pasar por un bar para echar un trago. Sasha volvió a tiempo y, al subir de nuevo al coche, apretó el hombro de Berezhkov, tal y como habían acordado antes del inicio de la misión. El viaje de prueba había sido un éxito. 

Pero faltaba por cumplir la tarea principal. Heineman, que era un bocazas, no pudo contenerse y preguntó en broma si Sasha quería visitar a su novia otra vez. Al obtener un 'sí' por respuesta, el viejo oficial de las SS, que seguía confesando ante los soviéticos que las pérdidas hitlerianas en el frente eran mayores de lo que se esperaba, empezó a hacer chistes sobre el apetito amoroso de Sasha. Al día siguiente, el alemán ya esperaba a los soviéticos listo para el segundo viaje. No sabía (o fingía no saber) que 'los recuerdos' que Sasha llevaba en su maleta 'para su novia' contenían algo muy especial, con una potencia de señal capaz de llegar hasta Moscú: un transmisor radial. 

Tras llevar a Sasha hasta el lugar acordado, Heineman y Berezhkov volvieron a disponer de varias horas libres. Sin embargo, esta vez el plan no tardó en resquebrajarse cuando, al entrar en un bar, Heineman se topó con unos seis oficiales de las SS que le conocían. No había vuelta atrás. Heineman, que entendía perfectamente que pasear con un diplomático soviético por las calles de Berlín era algo más que sospechoso, no se mostró desconcertado. "Le presentaré como un pariente de mi esposa de Múnich. Trabaja en una fábrica militar y, por lo tanto, no habla de sus asuntos. Se llama Kurst Jusker. Tenga cuidado", dijo apresuradamente. La idea funcionó y Berezhkov guardó silencio prácticamente durante toda la charla, centrada en lo que ocurría en el frente oriental. La media hora que tardó el dúo en reaparecer hizo sudar a Sasha, cuyo fuerte apretón en el hombro daba entender que el transmisor ya estaba en manos correctas. 

Berezhkov vio a Heineman por última vez en Berlín el 2 de julio de 1941, antes de la evacuación del personal diplomático. En el desayuno, el oficial hitleriano le entregó al intérprete una foto suya con unas frases en el reverso. "Quizás, dijo al despedirse, algún día tenga que recurrir al favor que le hice a la Embajada soviética. Espero que no lo olviden. Al parecer, él intuía que no se trató de la novia de Sasha, sino de algo mucho más serio", apunta Berezhkov en su autobiografía.

Moscú y sus signos de guerra

Berezhkov volvió pronto a Moscú, donde la guerra ya se dejaba sentir. "En el centro de Moscú, la calma era sorprendente y olía a trébol calentado. Pero la carretera de Leningrado ya mostraba los temibles signos de la guerra. Llamaba la atención un cartel reforzado en el extremo de uno de los edificios: el rostro severo de una mujer rusa con el texto del juramento militar en la mano levantada y la inscripción: '¡La madre patria llama!'", lo describe Berezhkov, quien pronto empezó a participar en los turnos de guardia durante los bombardeos para extinguir las bombas incendiarias

Valentín Mijáilovich llegó al despacho de Stalin en el Kremlin por primera vez en septiembre de 1941, cuando parecía que todo estaba perdido. "Al mirar a Stalin, sentí algo parecido a una conmoción. No se parecía en nada al Stalin que yo tenía en mente. Era más bajo que la media, delgado, con el rostro pálido y cansado, marcado por la viruela. La chaqueta de corte militar le quedaba grande a su figura escuálida. Una mano era más corta que la otra, casi toda la mano quedaba oculta en la manga. ¿Era realmente él? Parecía como si lo hubieran sustituido", recuerda el intérprete, que desde la infancia conservaba la imagen de un Stalin omnipresente, omnipotente y, quizá lo más importante, infalible. El contraste era evidente.

Sin embargo, Berezhkov destacaba una y otra vez que Stalin, pese a su error de cálculo inicial, no perdió su capacidad de conseguir que la gente se sometiera a su voluntad. Así, en las jornadas más convulsas de la Gran Guerra Patria, cuando los aliados recién nacidos de la URSS, como EE.UU. y el Reino Unido, consideraban que Moscú estaba a punto de colapsar, Iósif Vissariónovich convencía a los mensajeros de Churchill y Roosevelt que estas conclusiones eran prematuras. ¿El resultado? Muy pronto empezaron a cobrar forma y fuerza los famosos convoyes de los aliados que no solo suministraban a la URSS armamento y víveres para el Ejército, sino maquinaria u otros equipos para apoyar a la industria soviética. El argumento de Stalin era muy simple, pero convincente: "Los rusos ya estuvieron en Berlín y, sin ninguna duda, lo harán otra vez". Claramente, en otoño de 1941 el vozhd iba más de farol, cuando afirmaba que la URSS aguantará, pero al final salió victorioso

Nubarrones en el horizonte

Tras ocupar el puesto de asesor de Viacheslav Mólotov, Berezhkov, junto con dicha responsabilidad, llegó a tener ciertos privilegios inalcanzables para otros. Y no, no se trataba de ningún lujo. Resultó que los padres de Berezhkov no pudieron salir de Kiev en las primeras semanas de guerra: nadie esperaba que la ciudad cayera tan rápido. Y en noviembre de 1943, en los primeros días tras la liberación de la urbe, Berezhkov obtuvo permiso de Mólotov para viajar allí con un salvoconducto infalible que mostraba en cada punto de control y que contenía firmas de peces gordos como el jefe adjunto del Estado Mayor. En una urbe devastada por la guerra y donde apenas hay algo para comer, Valentín Mijáilovich no se dio cuenta de lo mucho que llamaba la atención con su abrigo de piel; la gente allí le miraba como si fuera de otro planeta. Finalmente, tras horas y horas de búsqueda, el intérprete de Stalin logró localizar la casa de sus padres, pero allí no había nadie. Tras preguntar a los conocidos que todavía quedaban en Kiev, Berezhkov se hizo a la idea de que sus padres, que algunos habían visto meses atrás, salieron de la ciudad y estaban en la zona controlada por los alemanes. 

¿Fueron deportados por la fuerza o abandonaron Kiev por decisión propia? Esas eran las dos preguntas que Berezhkov no podía responder, si bien entendía que pudo haber pasado cualquier cosa, ya que su padre ya había estado en los sótanos del NKVD en los años previos a la guerra, por lo que no albergaba sentimientos amistosos hacia las autoridades soviéticas. Un informe del NKVD que afloró en la prensa a principios del siglo XXI, ya después de la muerte de Berezhkov, revelaba que sus padres habrían trabajado con los alemanes durante la ocupación de Kiev y que fueron evacuados por ellos en septiembre de 1943. 

Sin embargo, el traductor Berezhkov no podía permanecer en Kiev por mucho tiempo, ya que tenía que llegar a la Conferencia de Teherán. Corría el mes de noviembre de 1943, y los aliados decidían los últimos pasos para abrir el segundo frente. Finalmente, Berezhkov llegó a Teherán y se enfrascó totalmente en el trabajo sin tiempo para pensar en lo ocurrido en Kiev. Sin embargo, ya tenía claro que se lo diría todo a Mólotov, pues esa bomba de relojería explotaría tarde o temprano. No tenía duda de que perdería su puesto. 

No obstante, la reacción del comisario fue discreta: le dijo que no se lo dijera a nadie más y que continuara con su trabajo. Y, hasta cierto punto, todo parecía seguir igual, hasta que un día de otoño de 1944 el fantasma del todopoderoso Lavrenti Beria, jefe del NKVD, apareció en el horizonte. Mólotov empezó a preguntar a Berezhkov sobre sus visitas al consulado polaco en Kiev en 1934, cuando trabajaba de guía turístico. Tras explicarle a Mólotov que una vez entró en el edificio por la puerta trasera y no por la principal para ver a un amigo, el comisario de Exteriores soviético señaló el reporte sobre posibles vínculos dudosos de Berezhkov, que llegó al escritorio de Stalin por obra de Beria. 

Una visita que lo derrumbó todo

Obviamente, de la noche a la mañana, Berezhkov, que conocía muchos secretos, tras haber sido uno de los intérpretes de Stalin y el hombre que tradujo a Hitler en noviembre de 1940, podría haber sido declarado agente extranjero con un final fácil de predecir. Sin embargo, el destino le tenía deparado otros planes a Valentín Mijáilovich. Tras festejar la llegada del año 1945, el apartamento de Berezhkov se vio sacudido por una llamada: Mólotov le pedía que acudiera urgentemente al Kremlin. Al llegar, Berezhkov notó de inmediato el cambio: todo el mundo le miraba en silencio, limitándose a los contactos puramente formales. Ni siquiera pudo entrar en el despacho de Mólotov hasta que lo llamaron. Allí, el fantasma de Beria volvió a hacerse presente: el informe presentado a Stalin sumaba a los contactos de Berezhkov en el consulado polaco la desaparición de sus padres en Kiev, lo que daba suficientes fundamentos como para retirar a Valentín Mijáilovich de su cargo. 

Todo acabó en un instante. Y por si a Berezhkov no le había quedado claro, un oficial de guardia le quitó el documento que le daba acceso al Kremlin. "No pude volver a casa inmediatamente. Durante varias horas, como un sonámbulo, caminé por las calles desiertas. Llegué cuando mi esposa ya se había ido a trabajar. No podía quedarme en casa. Todos los días salía horas a vagar por la ciudad. Durante dos semanas enteras no tuve noticias. Mis antiguos compañeros de trabajo y mis muchos 'amigos' habían desaparecido como por arte de magia. Por la noche esperaba que llamaran a la puerta, ya que Beria había prometido llevar a cabo una 'investigación'", recuerda Berezhkov el final de su era dorada.

Sin embargo, el intérprete de Stalin evitó lo peor y le fue asignado un trabajo de periodista en una revista que se editaba en alemán e inglés. La intercesión de Mólotov, que en otros casos no hizo nada para salvar a sus ayudantes, funcionó, impidiendo que Beria lanzara contra él su máquina de pesquisas.

En los años posteriores Valentín Mijáilovich se labró una exitosa carrera como publicista e historiador, dando conferencias en universidades estadounidenses, si bien nunca más llegó a pisar los altos gabinetes del Kremlin. Cuando murió, en noviembre de 1998, uno de sus colegas resaltó: "Valentín Berezhkov fue el último eslabón con la era de Hitler, Stalin, Roosevelt, Churchill, Mólotov y Lavrenti Beria, muchas de las personas más famosas de nuestro siglo". Ser un eslabón no siempre significa servir al antojo de los más poderosos, sino que permite vincular las épocas y relatar las epopeyas históricas desde un ángulo personal, un condimento ausente casi siempre en los aburridos manuales de la historia.

Si quieren conocer más historias de este tipo, pueden escucharlas en el pódcast 'Huellas rusas', disponible en la mayoría de las plataformas correspondientes.

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