Hace exactamente 155 años, Rusia logró una de sus victorias más significativas sin derramamiento de sangre. El ministro de Relaciones Exteriores, elevado al rango de Canciller de Estado en 1867, el príncipe Alexánder Gorchakov, anuló las cláusulas restrictivas impuestas a Rusia en el mar Negro a raíz de la humillante derrota en la guerra de Crimea.
El 13 de marzo de 1871, en Londres, representantes de siete potencias: Rusia, Turquía, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Austria-Hungría e Italia, firmaron el Tratado de Londres en el que se abrogaron los términos del Tratado de París de 1856 sobre la desmilitarización del mar Negro. El país recuperó su derecho a disponer de una flota militar y fortalezas en ese mar que logró bajo el reinado de Catalina la Grande.
Para comprender la importancia de este tratado, debemos remontarnos aún más atrás. La guerra de Crimea (1853—1856) terminó de forma desastrosa para el Imperio ruso. Una coalición formada por el Imperio otomano, Reino Unido, Francia y el Reino de Cerdeña, con Austria manteniéndose hostil a la neutralidad, logró capturar Sebastopol y ocupar la costa de Crimea. Aunque las operaciones posteriores de la coalición, incluyendo intentos de desembarco en el Báltico, fracasaron, todas las partes en conflicto estaban agotadas. Era necesario un tratado de paz, que se firmó en París en marzo de 1856.

El mar Negro fue declarado neutral: se prohibió a Rusia y Turquía mantener flotas navales, arsenales y fuertes costeros en la zona. El control de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos permaneció en manos turcas. La opinión pública rusa creía que la paz era humillante, extremadamente injusta y que sus términos debían revisarse a la primera oportunidad.
¿Cómo lo logró la diplomacia rusa?
Alexánder Gorchakov, nombrado ministro de Relaciones Exteriores de Rusia en 1856, fue un hombre extraordinario. Fue compañero de estudios del 'padre' de la poesía rusa, Alexánder Pushkin; y, además, un brillante aristócrata y diplomático excepcional, que prometió al zar y la sociedad rusa anular las restricciones parisinas.
Su circular, enviada a las potencias extranjeras después de su nombramiento, anunciaba que Rusia se proponía distanciarse de complicaciones en el extranjero, terminó con la histórica frase que se convirtió en un manifiesto de la política exterior rusa: "Dicen que Rusia está enfadada. No, Rusia no se enfada, Rusia se concentra" ("La Russie ne boude pas, elle se recueille").
"Concentrarse" significaba acumular fuerzas, buscar aliados y evitar conflictos, para recuperar lo perdido en el momento oportuno. Gorchakov percibió fisuras en la coalición antirrusa. El principal enemigo era Reino Unido, que pretendía expulsar a los rusos de Asia y reducir su influencia en los Balcanes.
La Francia de Napoleón III, por su parte, no deseaba que Rusia se debilitara por completo, viéndola como un contrapeso a Gran Bretaña. Austria, un antiguo aliando que había traicionado a Rusia durante la guerra de Crimea, seguía siendo un enemigo, temeroso de la creciente ideología del paneslavismo (gran parte del territorio de ese imperio estaba compuesto por etnias eslavas), que abogaba por la unificación de todos los pueblos eslavos en un solo Estado. En respuesta, Gorchakov jugó una sutil partida diplomática, explotando hábilmente las tensiones en las relaciones de Viena con París y Berlín.

La principal apuesta del canciller ruso fue Prusia. Allí gobernaba el rey Guillermo I, gran amigo de Rusia, mientras que el verdadero poder residía en el 'Canciller de Hierro', Otto von Bismarck, quien se preparaba para destruir el orden europeo y unificar Alemania mediante guerras con Dinamarca, Austria y, muy probablemente, Francia.
Bismarck necesitaba una Rusia aliada que no lo traicionara en un momento crítico. Gorchakov, por su parte, veía en Prusia una fuerza capaz de destruir la coalición hostil que había impuesto a Rusia los términos de la Paz de París. Era un enfoque pragmático que beneficiaba tanto a alemanes como a rusos.
En sus memorias, Bismarck afirmó directamente: "Estas fueron las disposiciones más ineptas de la Paz de París. A una nación de cien millones [es decir, los rusos] no se le puede negar perpetuamente el derecho natural de soberanía sobre sus propias costas. La servidumbre impuesta al territorio ruso fue una humillación intolerable para una gran nación. Aquí residía una oportunidad para fortalecer nuestras relaciones con Rusia".
El decisivo verano de 1870
El verano de 1870 se convirtió en el momento largamente esperado en San Petersburgo. Prusia orquestó una provocación diplomática y obligó a Francia a declarar la guerra. En cuestión de semanas, el bien organizado ejército prusiano derrotó a los franceses, Napoleón III se rindió en Sedán y el Imperio francés se derrumbó.
Gorchakov aprovechó inmediatamente esta situación. Francia, principal garante del Tratado de París, fue derrotada y se encontraba en una situación incapaz de protestar. Inglaterra se quedó sola, y sin contar con un fuerte ejército de tierra, carecía de poder para influir en la situación. Austria-Hungría temía entrar en la guerra sin el apoyo de Berlín: se había creado una situación excepcional.

El 31 de octubre de 1870, Gorchakov envió una nota diplomática a las potencias signatarias del Tratado de París que decía: "El soberano emperador ya no puede considerarse obligado por los compromisos del tratado del 18 de marzo de 1856 porque limitan sus derechos supremos en el mar Negro".
Como resultado de las negociaciones subsiguientes, se decidió convocar la conferencia internacional que se inauguró en enero de 1871 en Londres. Tras largos debates, se firmó el convenio que eliminó todas las restricciones para Rusia, Turquía y otros países ribereños del mar Negro.
La importancia y las implicaciones del Tratado de Londres
Fue una victoria incruenta. Rusia recuperó su estatus de gran potencia marítima. Ya en la década de 1870, la Flota del Mar Negro comenzó a reactivarse: se construyeron acorazados y se restauraron las fortificaciones de Sebastopol. Sin esta victoria diplomática, la victoriosa guerra ruso-turca de 1877-1878 habría sido imposible.
Sin embargo, el Tratado de Londres, si bien abolió la neutralización, consagró el antiguo principio del cierre de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos. Además, la nueva redacción otorgaba al sultán otomano el derecho de conceder el paso a buques de guerra de potencias 'amigas' a su propia discreción. En la práctica, esto significaba que Rusia solo podía acceder al Mediterráneo con el permiso de Turquía.
Estas condiciones se convirtieron en una bomba de relojería. Rusia se vio obligada a priorizar el control de los estrechos del mar Negro y Constantinopla. En otras palabras, a convertirse en el enemigo mortal de Turquía.
Durante la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, Rusia no pudo trasladar su Flota del Mar Negro al Lejano Oriente, ya que Turquía se negó a abrir los estrechos. En 1914, antes de que Turquía entrara en la Primera Guerra Mundial, permitió el paso de los buques de guerra alemanes Goeben y Breslau por el estrecho, que pronto atacaron territorio ruso bajo bandera otomana.
Sin embargo, el Tratado de Londres de 1871 se convirtió en un hito crucial en la historia de las relaciones internacionales. Demostró que ningún sistema de tratados de paz puede perdurar para siempre: siempre depende de un equilibrio entre el poder militar, económico y diplomático. Rusia demostró que podía recuperar sus posiciones no solo mediante la fuerza militar, sino también a través de sutiles maniobras diplomáticas.
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