Como historiador que casualmente resulta ser alemán, esa fue mi reacción espontánea al gran discurso anual —y siempre grandilocuente— sobre el "estado de la unión" que Ursula von der Leyen pronunció ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo.
Quién es Ursula von der Leyen, la jefa europea envuelta en escándalos y polémicas
En realidad, no se trata de una verdadera 'unión' ni tampoco de un auténtico 'parlamento'. Técnicamente, la UE es una confederación distorsionada por el constructo ideológico del 'supranacionalismo', y el Parlamento carece de poder legislativo independiente. Pero no nos detengamos en lo evidente.
Al frente de su Comisión —léase: un Comité Central con ambiciones desmedidas— de burócratas profesionales, Von der Leyen es la líder de facto no elegida y la personificación de ese Estado Frankenstein que aspira a convertirse en una potencia y que desde hace tiempo ha devorado los sueños idealistas de la unidad europea.
En otro tiempo, esos sueños pudieron haber estado relacionados con la democracia, la igualdad soberana, la prosperidad compartida y la paz. Pero la Europa real de la UE es muy distinta: el sueño europeo se ha convertido en una pesadilla, dominada por una élite globalista autosatisfecha y convencida de su propia superioridad, completamente aislada de la participación popular, económicamente estancada y propensa a las crisis, además de desigual y cada vez más militarista.

Cuando Von der Leyen presumió de que, durante su mandato, la Europa de la UE se había vuelto "más fuerte" y "más independiente", al tiempo que "aseguraba su prosperidad" e incrementaba el gasto en armamento "en un 80 % solo en los últimos cinco años", el único punto que guardaba alguna relación con la realidad, tal y como la vive la inmensa mayoría de los más de 450 millones de ciudadanos —o más bien súbditos— de la UE, era el último.
Lo que Von der Leyen no contó sobre el verdadero estado de la Unión
Pero no existe desgracia que un euroburócrata competente no pueda empeorar. Ahora Von der Leyen parece decidida a llevar algunas de las peores tradiciones alemanas a una nueva escala continental. Como demuestra la historia de las dos guerras mundiales, Alemania consiguió en dos ocasiones maniobrar hábilmente hasta quedar rodeada por enemigos y luego perder la guerra: la primera vez, de forma devastadora, la segunda, de manera aún peor, hasta el punto de que hicieron falta casi cincuenta años —y, por cierto, mucha buena voluntad rusa— para recomponer el país.
La Alemania del Káiser y la del Führer eran, siendo justos incluso con el primero, muy diferentes. Pero ambas compartían un mismo problema: una especie de germanofrenia, pariente cercana de la actual rusofrenia. El núcleo de la rusofrenia consiste en imaginar al mismo tiempo que Rusia está al borde del colapso y a punto de conquistar el mundo. Quienes sufrían germanofrenia creían que Alemania se encontraba en peligro existencial, pero también que era capaz de enfrentarse a Europa entera e incluso al mundo si era necesario.
Y ahora llega la versión comunitaria de ese fenómeno, cortesía de la muy, muy alemana Ursula von der Leyen. Citando la ya excesivamente utilizada frase de Charles Dickens: "era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos", pronunciada en su impecable inglés con sabor germánico, Von der Leyen hizo dos afirmaciones a la vez: que la UE se encuentra en la cima de su fortaleza y que, al mismo tiempo, es tan vulnerable como siempre. Consciente de que cualquier persona razonable consideraría incompatibles ambas afirmaciones, insistió en que, aunque "puedan parecer contradictorias", ambas son ciertas. Orwell para principiantes: dos más dos son cinco si la Gran Hermana de la Comisión así lo dice.

Pero provocar una disonancia cognitiva paralizante es quizá el menor de los poderes de Von der Leyen. El verdadero contenido de su extenso discurso fue una declaración de desafío, si no de guerra, contra casi todos los actores relevantes del planeta.
Con una lógica claramente paranoica, Von der Leyen comenzó afirmando que la UE se enfrenta a un "mundo hostil", nada menos. Después fue más específica. Rusia —cómo no— encabezó su lista de enemigos, y prácticamente se felicitó a sí misma por haber liberado a la UE de una dependencia "tóxica" de los combustibles fósiles rusos. Una forma curiosa de describir el hecho de cortar el acceso a una fuente de energía fiable y relativamente barata para sustituirla por suministros mucho más caros y menos seguros, procedentes, por ejemplo, de Estados Unidos o de un Oriente Medio marcado por conflictos y bloqueos.
También tuvo palabras duras y advertencias para China. Estas deben entenderse en el contexto de los intentos de la UE de adoptar una postura más agresiva en el terreno comercial frente a Pekín. Desesperada por compensar el deterioro de la competitividad de la industria europea, especialmente del sector automovilístico, la vieja Europa —que durante mucho tiempo explotó con gusto al resto del mundo en beneficio propio— ha descubierto ahora una nueva definición de lo que Von der Leyen y sus funcionarios consideran "justicia".
Pero enfrentarse a China y Rusia —el núcleo del emergente orden multipolar— no fue suficiente para una Von der Leyen en modo ofensivo. Sorprendentemente, la misma dirigente que prácticamente besó los pies de Donald Trump en Turnberry, aceptando una capitulación total e incondicional en la guerra comercial (por cierto, eso deja también en muy mal lugar su afirmación de que la UE es "la mayor potencia comercial del planeta") llenó su discurso de desafíos apenas disimulados contra Estados Unidos. Es decir, contra el centro debilitado, pero aún poderoso, del viejo Occidente y el país del que la UE depende de manera verdaderamente tóxica.
La propuesta más agresiva lanzada por Von der Leyen contra Washington fue su extraña idea de otorgar a Canadá una "membresía asociada", una figura que ni siquiera existe en los tratados de la UE, que requeriría el improbable consentimiento unánime de los 27 Estados miembros y que carece de sentido, tanto desde el punto de vista geográfico como geopolítico.

Sin embargo, aunque sea una propuesta poco realista, tiene capacidad para enfurecer seriamente a Washington. El presidente Donald Trump ya advirtió que considera la idea un "acto hostil" y está dispuesto a intensificar su guerra económica contra la UE. El primer ministro canadiense, Mark Carney, que se encontraba en Estrasburgo cuando Von der Leyen lanzó esta peculiar oferta, ya ha pasado a modo de contención.
Pero quizá el verdadero motivo de Von der Leyen, al sugerir una maniobra entre Canadá y la UE que inevitablemente chocaría con los intereses estadounidenses, sea otro. Fiel a su estilo, la Unión Europea lleva tiempo hablando de sus supuestos intereses en el Ártico y reclamando un papel en la región. Esto tiene poco sentido, salvo que se considere a Groenlandia como danesa, que lo es en lo formal, pero difícilmente en la práctica. Sin mencionar las conocidas ambiciones estadounidenses sobre la isla. Algunas mentes creativas podrían haber llegado a la conclusión de que incorporar las extensas costas septentrionales de Canadá haría más creíbles esas aspiraciones árticas.
Y eso también podría explicar la rapidez y la dureza de la reacción estadounidense. En otras palabras, el desafío a Washington podría ser incluso mayor que el simple intento de ofrecer a Canadá un contrapeso frente a la tradicional hegemonía de Estados Unidos. Si el verdadero objetivo es el Ártico, entonces hay demasiado en juego.
Bien hecho, Ursula: tu UE contra todos al mismo tiempo. Algunos de tus antepasados alemanes estarían muy orgullosos.
Por Tarik Cyril Amar, historiador alemán y profesor de la Universidad Koc de Estambul



