"Puedes ser comunista o puedes ser patriota. No puedes ser ambas cosas", sentenció Donald Trump en los festejos por los 250 años de independencia de Estados Unidos. La frase resume una vieja obsesión del poder estadounidense: convertir cualquier impugnación al capitalismo en una amenaza ajena al país. Pero, ante esa afirmación, conviene hacerse una pregunta casi cinematográfica: ¿qué nació exactamente un 4 de julio?
Aquel 4 de julio nació una república de propietarios que proclamaba la libertad mientras mantenía la esclavitud; hablaba de derechos naturales mientras empujaba a los pueblos originarios hacia el exterminio y el despojo; invocaba la igualdad mientras levantaba nuevas fronteras raciales, sociales y migratorias.
La conquista del oeste, el genocidio indígena, la esclavitud, la segregación, el racismo estructural y el nativismo forman parte fundamental de la arquitectura de construcción del Estado estadounidense. Pero precisamente por eso, también desde el principio surgió una impugnación a ese estado de cosas profundamente desigual: la de quienes, desde abajo, disputaron el significado mismo del país que estaba en construcción.
La conquista del oeste, el genocidio indígena, la esclavitud, la segregación, el racismo estructural y el nativismo forman parte fundamental de la arquitectura de construcción del Estado estadounidense.
Esa impugnación tuvo muchas formas, y una de las más profundas fue la organización de la clase trabajadora. La industrialización vertiginosa del siglo XIX levantó fábricas, ferrocarriles, minas, puertos y grandes ciudades sobre masas obreras formadas por trabajadores nativos, población negra liberada e inmigrantes llegados de Europa, Asia y América Latina. Desde finales de aquel siglo, esa clase empezó a organizarse en sindicatos, periódicos, sociedades de ayuda mutua y partidos.
A finales del siglo XIX la afiliación sindical superaba los dos millones de miembros. El Primero de Mayo tiene su raíz en esa historia: la lucha por la jornada de ocho horas, la represión y la ejecución de los mártires de Chicago convirtieron una batalla estadounidense en una fecha universal del movimiento obrero. De esa matriz surgieron figuras esenciales como Eugene V. Debs, que llevó el socialismo a las campañas presidenciales y a las huelgas, o la anarquista Emma Goldman, encarcelada y deportada tras denunciar la conscripción obligatoria y la guerra.
Otro factor que determinó aquella historia fue el triunfo de la Revolución rusa y la creación del primer Estado de obreros y campesinos. John Reed, comunista nacido en Portland, relató la Revolución de Octubre en 'Diez días que estremecieron al mundo'.
Tras su muerte en Moscú, Reed fue enterrado en la muralla del Kremlin, un honor reservado a muy pocos extranjeros. Su vida llegó incluso a Hollywood con 'Reds', de Warren Beatty, película que obtuvo doce nominaciones a los Oscar en 1982 y llevó hasta la gala, según se ha contado muchas veces, los ecos de 'La Internacional'.
La Revolución de Octubre también interpeló a una parte de la intelectualidad negra estadounidense: en 1932, Louise Thompson Patterson organizó el viaje a la URSS de escritores y artistas afroamericanos como Langston Hughes y Dorothy West para participar en 'Black and White', una película soviética sobre el racismo en Estados Unidos. Para ellos, la Unión Soviética aparecía como un espejo incómodo frente a Jim Crow, los linchamientos y la falsa universalidad de la democracia liberal. La lucha de clases y la lucha contra el racismo se entrelazaban en la búsqueda de otro país posible.
El llamado Comité de Actividades Antiamericanas (House Un-American Activities Committee) traduce mal, o al menos suaviza, su sentido político: Un-American no significa simplemente 'antiestadounidense', sino 'no estadounidense', ajeno al cuerpo nacional. Esa fue la operación ideológica central: convertir la lucha de clases en una infiltración extranjera.
Esa misma tradición se expresó durante la guerra de España. Cuando el fascismo europeo convirtió la península ibérica en campo de ensayo de la guerra que vendría después, miles de voluntarios acudieron a defender la República a través de las Brigadas Internacionales.
Desde Estados Unidos viajaron alrededor de 2.800 voluntarios del Batallón Abraham Lincoln; tres cuartas partes habían pertenecido al Partido Comunista estadounidense o a sus juventudes, y más de ochenta eran afroamericanos.
En 1937, en plena segregación racial en territorio estadounidense, Oliver Law, comunista negro nacido en Texas, fue nombrado comandante del Batallón Abraham Lincoln y se convirtió en el primer afroamericano en comandar tropas blancas estadounidenses en combate. España fue para ellos una experiencia de internacionalismo y también la imagen concreta de unos Estados Unidos distintos.
Ante ese escenario, el Estado estadounidense desplegó una doble estrategia. Por un lado, la integración parcial de la clase trabajadora a través del New Deal, una forma de conciliación social —fordista y keynesiana, con todas las comillas necesarias— que permitió transformar al Partido Demócrata y contener, desde dentro del sistema, una conflictividad obrera alimentada por la Gran Depresión, el desempleo masivo y el prestigio creciente de las ideas socialistas.
Que Trump aprovechara el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos para renovar el viejo discurso anticomunista no responde solo a una necesidad electoral ni al temor ante sectores izquierdistas del Partido Demócrata. Responde al miedo a reconocer que no existe una única historia estadounidense, limpia y obediente al mito nacional, sino una historia en disputa permanente.
Por otro, la represión abierta: vigilancia, deportaciones, listas negras, criminalización de anarquistas, sindicalistas, socialistas y comunistas. Desde las redadas Palmer y la consolidación del aparato federal de inteligencia bajo J. Edgar Hoover hasta el posterior macartismo, se fue construyendo una guerra sin cuartel contra ese otro Estados Unidos posible.
El llamado Comité de Actividades Antiamericanas (House Un-American Activities Committee) traduce mal, o al menos suaviza, su sentido político: Un-American no significa simplemente 'antiestadounidense', sino 'no estadounidense', ajeno al cuerpo nacional. Esa fue la operación ideológica central: convertir la lucha de clases en una infiltración extranjera.
Mentiríamos si dijéramos que aquella operación no tuvo éxito. Lo tuvo. Durante décadas, el anticomunismo vació de contenido político a buena parte del movimiento sindical, disciplinó a la industria cultural, destruyó organizaciones y convirtió la palabra comunista en una acusación antes que en una posición política. Pero no consiguió clausurar la impugnación.
Las luchas por los derechos civiles, el movimiento negro, las Panteras Negras, figuras como Angela Davis y las movilizaciones contra la guerra demostraron que ese otro Estados Unidos seguía existiendo bajo nuevas formas. Después, la desindustrialización, la crisis financiera de 2008, la precarización laboral, el empobrecimiento juvenil y la crisis de hegemonía internacional volvieron a abrir grietas. En ellas han reaparecido protestas antirracistas, estudiantiles, sindicales y antiimperialistas; una nueva conflictividad obrera visible en Starbucks, Amazon, el sector automotriz, Boeing, la hostelería o la educación; y organizaciones socialistas, comunistas o anarquistas, desde el Partido Comunista de Estados Unidos hasta el Partido por el Socialismo y la Liberación, el Partido Comunista Revolucionario o Alternativa Socialista.
A ello se suma el crecimiento de los Socialistas Democráticos de América dentro del campo demócrata, con Zohran Mamdani como una de sus figuras más visibles. Sus posiciones no suponen una impugnación total del capitalismo, pero sí expresan algo que Trump comprende mejor de lo que aparenta: la lucha de clases nunca desapareció de Estados Unidos; solo estuvo, durante un tiempo, más eficazmente contenida.
Así, al volver al inicio, la frase de Trump adquiere todo su sentido. Que aprovechara el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos para renovar el viejo discurso anticomunista no responde solo a una necesidad electoral ni al temor ante sectores izquierdistas del Partido Demócrata. Responde al miedo a reconocer que no existe una única historia estadounidense, limpia y obediente al mito nacional, sino una historia en disputa permanente.
Frente al país de los propietarios, los colonos, los esclavistas, los banqueros, los monopolios y los aparatos represivos, siempre existió otro Estados Unidos: el de los trabajadores organizados, los pueblos originarios resistentes, los internacionalistas, los comunistas, los anarquistas, los sindicalistas y quienes aún se preguntan por qué la riqueza de unos pocos debe sostenerse sobre la precariedad de tantos. Trump pretende declarar 'no estadounidense' esa tradición porque reconocerla implicaría admitir lo evidente: Estados Unidos, como cualquier otro país, no es una esencia; es una lucha. Y esa lucha, durante 250 años, también ha sido lucha de clases.


