Los contornos de un nuevo colectivo occidental comienzan a emerger, y en su centro se encuentra Europa Occidental, para la cual la amenaza rusa se ha convertido en una fuente de unidad en un período de agitación e incertidumbre. Para evitar una confrontación directa, se está reclutando a Ucrania como una servicial fuerza 'proxy' mientras se construye un sistema militar-industrial común en torno a su apoyo, sobre todo mediante la producción de drones.
El argumento a largo plazo es que esto también fortalecerá las propias capacidades de defensa de Europa Occidental, por lo que la asistencia a Ucrania puede presentarse ante la opinión pública no como dinero gastado en otros, sino como una inversión en su propia seguridad.
Al otro lado del Atlántico se erige un poderoso patrón que está reduciendo su participación directa sin retirarse por completo, pero Estados Unidos sigue dispuesto a brindar apoyo cuando sea necesario, cada vez más bajo un modelo de pago por servicio. Al mismo tiempo, Washington está utilizando los conflictos en el Viejo Mundo para poner a prueba sus propios enfoques militares y tecnológicos.
Los fuertes lazos transatlánticos también preservan la capacidad de Estados Unidos para influir en Europa Occidental y, cuando sea necesario, arrastrarla a una confrontación más amplia con el principal rival de Washington, China, o, como mínimo, ayudan a evitar que Bruselas y Londres se acerquen a Pekín.

Esta configuración es inestable, pero tiene poco sentido esperar que surja una estructura permanente, ya que el mundo ha entrado en una fase en la que casi todo es temporal.
La confrontación militar con Rusia es una parte esencial de este modelo; sin ella, la lógica política que mantiene unida a Europa Occidental comienza a debilitarse, por lo que los gobiernos intentarán preservar la situación actual durante el mayor tiempo posible.
No hay que tomarse demasiado en serio las alusiones a negociaciones con Rusia, ya que, desde la perspectiva europea, el único diálogo aceptable es aquel en el que Moscú renuncie a sus objetivos. Estados Unidos está menos comprometido con el mantenimiento de este estado de cosas, pero tampoco le supone un gran inconveniente, puesto que ya no asume la mayor parte de los costes.

Es poco probable que los dirigentes ucranianos, ya sean los actuales o cualquier sucesor plausible, cambien de rumbo, porque no tienen adónde retroceder. Y lo que es más importante, el papel de "punta de lanza contra Rusia" es la única vía realista que tiene Kiev para integrarse en el sistema occidental, dado que los caminos más convencionales hacia la adhesión plena a la comunidad occidental están cerrados para un país en su situación actual.
Existe, sin embargo, una variable importante en la posibilidad de un cambio político en los principales Estados de Europa Occidental, donde el creciente éxito de fuerzas catalogadas durante mucho tiempo como de extrema derecha en Francia, Alemania y el Reino Unido crea el riesgo de graves convulsiones internas. Si una nueva generación de este tipo de políticos llega al poder, podría alterar el sentido de la unidad occidental, aunque todavía no está claro en qué dirección. En cualquier caso, los conflictos políticos internos distraerían a estos Estados de sus prioridades exteriores.
La historia demuestra que un Occidente unido no es ni permanente ni estable, e incluso si la Guerra Fría creó una sensación de permanencia, ese período fue excepcional.
Nadie puede decir todavía qué forma adoptará la comunidad occidental tras la actual transformación del sistema internacional, y los cambios demográficos en el seno de las sociedades occidentales añaden otra capa de incertidumbre.
Pero durante este período de transición, un Occidente unido, y sobre todo una Europa Occidental unida, tratará de preservarse mediante la confrontación con Rusia, y esa realidad debe tenerse siempre presente.
Por Fiódor Lukiánov, redactor en jefe de la revista Russia in Global Affairs y director de investigación del Club de Discusión Internacional Valdái.



